La oferta alimentaria moderna y el desafío de comer bien

 


La oferta alimentaria moderna y el desafío de comer bien

Por el Dr. Mario Kamelman — Endocrinología, Medicina Interna y Neurociencias

Comer saludable hoy no es una tarea sencilla. Aunque disponemos de una oferta alimentaria abundante, variada y accesible como nunca antes en la historia humana, paradójicamente estamos peor nutridos. Nos enfrentamos a un entorno que estimula elecciones poco saludables, con consecuencias metabólicas, emocionales y sociales profundas.

Cuando la biología se cruza con la sociedad

Las decisiones alimentarias no ocurren en el vacío: están condicionadas por factores económicos, culturales, emocionales y biológicos.
Millones de personas en el mundo viven en un estado de malnutrición dual: exceso de calorías, pero déficit de nutrientes esenciales. Esto ocurre cuando se consumen alimentos ultraprocesados, ricos en azúcares simples, grasas trans y sal, pero pobres en vitaminas, minerales, fibra y proteínas de calidad.

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), más del 60% de la energía que consumen los adultos en América Latina proviene de productos industrializados de baja calidad nutricional (OMS, 2023).

Estas elecciones no son simplemente una cuestión de “falta de voluntad”. La industria alimentaria moderna utiliza estrategias de formulación y marketing que explotan los mecanismos evolutivos del cerebro humano: el deseo de placer y recompensa.

El cerebro hedónico y la trampa de la recompensa

El neurocientífico Antonio Damasio propuso el concepto de marcadores somáticos: señales corporales y emocionales que guían nuestras decisiones. Comer, por ejemplo, no es solo una necesidad fisiológica: también es una experiencia emocional.

Cada vez que ingerimos alimentos ricos en azúcar, grasa o sal, se activa el sistema dopaminérgico de recompensa, liberando placer inmediato. Este circuito —útil en épocas de escasez para garantizar la supervivencia— hoy se ve sobreestimulado por la sobreoferta de productos diseñados para ser irresistibles.

Estudios del National Institute on Drug Abuse (NIDA) muestran que los alimentos ultraprocesados pueden generar patrones cerebrales similares a los observados en adicciones conductuales (NIDA, 2022).

Así, el cuerpo reacciona con una cascada bioemocional: la sensación placentera refuerza el deseo de repetir la conducta, incluso cuando sabemos que nos hace daño.

La epidemia invisible: malnutrición por exceso

A partir de la década del 70, el consumo de azúcares simples, en especial derivados del jarabe de maíz de alta fructosa, se disparó.
En Latinoamérica, las bebidas azucaradas representan una parte importante del exceso calórico. Argentina, por ejemplo, encabeza el ranking regional con 137 litros por persona por año (Pan American Health Organization, 2023).

El problema es doble:

  1. Aumenta el riesgo de obesidad, hipertensión, diabetes tipo 2 y dislipemias.

  2. Genera carencias nutricionales encubiertas, al desplazar alimentos ricos en nutrientes esenciales.

De este modo, una dieta aparentemente “abundante” puede esconder malnutrición por exceso, donde hay sobrepeso, pero falta de micronutrientes como zinc, magnesio, hierro o vitaminas del complejo B.

El círculo vicioso emocional-metabólico

Las decisiones alimentarias, además, suelen estar atravesadas por emociones: estrés, ansiedad, aburrimiento o tristeza. En estos estados, el cerebro busca una recompensa inmediata y predecible —muchas veces en forma de comida ultrapalatable— para aliviar el malestar.

Esta conexión entre emociones y metabolismo explica por qué muchas personas mantienen hábitos poco saludables, incluso sabiendo los riesgos.
En palabras del Dr. Kamelman:

“No comemos solo para nutrirnos. Comemos también para calmarnos, compensar o celebrar. Por eso, cualquier estrategia que busque promover una alimentación saludable debe contemplar la dimensión emocional y social de la comida.”

Hacia una educación alimentaria integral

Reducir la prevalencia de enfermedades crónicas no transmisibles requiere educación, políticas públicas y un entorno más saludable. No basta con aconsejar “comer mejor” si el entorno está diseñado para promover lo contrario.

Las etiquetas frontales, los impuestos a bebidas azucaradas y las regulaciones sobre publicidad infantil son pasos importantes, pero el cambio profundo implica también una reeducación emocional sobre la relación con la comida.

En síntesis

  • No elegimos los alimentos solo por hambre, sino también por emociones.

  • Los productos ultraprocesados activan circuitos de recompensa que fomentan conductas adictivas.

  • La malnutrición actual combina exceso de calorías con carencia de nutrientes esenciales.

  • Educar en alimentación saludable requiere integrar ciencia, emoción y cultura.


🌿 Reflexión final

Comer bien no debería ser una batalla. Sin embargo, en la sociedad actual —donde lo artificial es accesible y lo natural, un privilegio— mantener una alimentación saludable requiere conciencia, educación y acompañamiento.

La ciencia nos muestra que los hábitos se pueden reprogramar. Pero hacerlo requiere más que información: necesita escucha, autoconocimiento y un abordaje integral, que contemple no solo lo que comemos, sino por qué y para qué comemos.

Como médicos, tenemos la responsabilidad de acompañar ese proceso con empatía y sin juicios.
Cada cambio, por pequeño que parezca —volver a cocinar, elegir agua en lugar de gaseosa, aprender a identificar el hambre real del hambre emocional—, representa un paso hacia el bienestar.

“El cuerpo tiene memoria, pero también capacidad de aprender. Cada decisión consciente puede ser el inicio de una nueva historia con la comida y con uno mismo.”
Dr. Mario Kamelman


🌱 Para seguir aprendiendo

En este blog compartimos ciencia, experiencia clínica y reflexión humana. Si estos temas te interesan o estás buscando comprender y mejorar tu relación con la alimentación, el metabolismo o el peso, podés seguir leyendo los próximos artículos o consultar de manera personalizada con el Dr. Kamelman.

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