Qué debemos conocer para abordar la Encrucijada Nutricional: los tres cerebros
Por el Dr. Mario Kamelman — Endocrinología, Medicina Interna y Neurociencias
La llamada encrucijada nutricional es uno de los desafíos más profundos de la salud moderna. Nos enfrentamos a un mundo donde la abundancia alimentaria no garantiza bienestar, y donde las enfermedades crónicas no transmisibles —como la obesidad, la diabetes tipo 2, la hipertensión y las dislipemias— son hoy las principales causas de enfermedad y mortalidad global.
Comprender por qué tomamos las decisiones que tomamos —qué comemos, cuándo y cómo lo hacemos— es fundamental para prevenirlas.
¿Realmente decidimos libremente lo que comemos?
Desde hace siglos, la filosofía y las ciencias del comportamiento discuten si el ser humano ejerce un verdadero libre albedrío. En la práctica médica moderna, esta pregunta adquiere una relevancia especial: ¿somos realmente conscientes de las decisiones que afectan nuestra salud?
Las neurociencias sugieren que muchas de nuestras elecciones —incluidas las alimentarias— están profundamente influenciadas por procesos biológicos inconscientes. Lo que creemos decidir “a voluntad” puede ser, en realidad, la consecuencia de una compleja interacción entre nuestros sistemas nervioso, inmunológico, endocrino y digestivo.
En este contexto, resulta esencial comprender cómo funcionan y se comunican nuestros tres cerebros: el encefálico, el entérico y el cardíaco.
Los tres cerebros y su diálogo permanente
El cuerpo humano no se gobierna solo desde el cerebro que conocemos. Existen tres centros interconectados de inteligencia biológica:
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El cerebro encefálico, ubicado en el cráneo, regula la percepción, el pensamiento, las emociones y la conducta.
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El cerebro entérico, situado en el intestino, está formado por más de 100 millones de neuronas y una comunidad inmensa de bacterias conocida como microbiota intestinal.
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El cerebro cardíaco, compuesto por una red neuronal independiente en el corazón, influye en las emociones, la intuición y la coherencia fisiológica.
Estos tres sistemas se comunican entre sí a través del eje psicoinmunoneuroendocrino (PINE), generando un diálogo constante que define nuestro equilibrio interno (homeostasis).
Cada decisión, cada sensación y cada alimento que ingerimos impactan ese delicado equilibrio.
Estudios recientes confirman que la microbiota intestinal ejerce un papel activo en la regulación del estado de ánimo, el apetito y la respuesta al estrés. A través del eje intestino-cerebro, bacterias intestinales se comunican con el sistema nervioso central mediante el nervio vago, la liberación de neurotransmisores (como la serotonina y la dopamina) y la modulación inmunológica (mediante citocinas).
(Harvard Health Publishttps://www.health.harvard.edu/mind-and-mood/the-gut-brain-connection?utm_source=chatgpt.comhing, 2023)
La microbiota, la emoción y la conducta alimentaria
El intestino es mucho más que un órgano digestivo: es un centro de procesamiento emocional. La serotonina —el neurotransmisor asociado al bienestar— se produce en un 90% en el intestino, no en el cerebro (Scientific American, 2019).
Cuando la microbiota se desequilibra, ya sea por estrés, mala alimentación o antibióticos, se altera también la regulación del apetito, del sueño y de la respuesta al placer. Esto puede traducirse en antojos, ansiedad alimentaria o dificultad para saciarse.
A su vez, neurotransmisores como dopamina, serotonina, leptina, grelina y neuropéptido Y desempeñan un papel crucial en la regulación del hambre y el metabolismo. Un desequilibrio en estos sistemas puede contribuir al desarrollo de obesidad y resistencia a la insulina (Nature Reviews Endocrinology, 2021).
Marcadores somáticos y decisiones automáticas
Como mencionó el neurocientífico Antonio Damasio, nuestras decisiones no siempre son racionales: están guiadas por marcadores somáticos, respuestas fisiológicas que asocian emociones con experiencias pasadas.
Estas señales actúan antes de que tengamos conciencia del proceso y moldean nuestras elecciones alimentarias.
Por eso, muchas veces “sabemos” qué deberíamos comer, pero hacemos otra cosa. La emoción, la costumbre y la biología pesan más que la razón. Comprenderlo es el primer paso para diseñar estrategias efectivas de prevención y cambio de hábitos.
Hacia una medicina que integre ciencia, emoción y nutrición
Abordar la encrucijada nutricional exige más que dietas o consejos aislados. Requiere una mirada integral e interdisciplinaria que contemple la interacción entre mente, cuerpo y entorno.
Implica educar al paciente, fortalecer su autoconocimiento y acompañarlo en la construcción de hábitos sostenibles y emocionalmente coherentes.
Como médico, observo cada día cómo pequeños cambios en la alimentación —acompañados por comprensión y empatía— pueden transformar no solo el cuerpo, sino también la relación que las personas tienen consigo mismas.
“Comer bien no es solo elegir mejor los alimentos. Es también aprender a escuchar lo que nuestros tres cerebros nos dicen cada día.”
En síntesis
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No decidimos lo que comemos solo con la razón: intervienen mecanismos inconscientes mediados por el cerebro, el intestino y el corazón.
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La microbiota intestinal regula neurotransmisores que influyen en el apetito, el ánimo y el metabolismo.
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Las emociones y los marcadores somáticos condicionan nuestras decisiones alimentarias.
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Comprender el diálogo entre los tres cerebros es esencial para prevenir las enfermedades crónicas no transmisibles.
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